Cuando la conocimos, Luna y yo estábamos en un momento muy difícil. Vivíamos en el estacionamiento de un Soriana — no porque nos gustara el asfalto, sino porque no teníamos a dónde ir. Estábamos malitas, cansadas, y hay cosas que prefiero no recordar de antes. No todos los humanos son amables. Eso lo aprendimos de la peor manera.
Pero entonces apareció ella. La humana. No la conocíamos, no teníamos por qué confiar en ella. Pero se agachó, nos habló bajito, y nos trajo comida.
Al principio nos alejamos — el instinto de desconfianza es más fuerte que el hambre, a veces. Pero ella regresó. Y volvió a regresar. Todos los días. A veces dos veces al día. Sin pedir nada a cambio.
Fue Luna quien se atrevió a acercarse un poquito primero. Yo la seguí. Y ahí empezó todo. Hasta hoy no superamos el miedo, pero ya sabemos que hay humanos que nos cuidan y se preocupan por nosotros.
